domingo, 15 de mayo de 2011

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Opinión

Un escritor y mil fantasmas

Lejos de la perfección sobradora de Borges y la seducción innovadora de Cortazar, Ernesto Sábato fue el antihéroe de las letras argentinas.                                                                                                        Una vida atravesada por la angustia dio lugar a algunas de las más influyentes y profundas piezas literarias del siglo XX.

Tenía quince, diecisés años.  Era un viernes vulgar como tantos y, en un patio de baldosas blancas y marrones, gastadas, pisadas, olvidadas, una compañera me dijo:                                                                                            - Este libro tenés que leer - La edición era viejísima, de tapa dura. En medio de su opaca sobriedad, que se alejaba totalmente del diseño de vanguardia, unas letras que seguramente alguna vez fueron doradas titulaban “El túnel”.  Era un libro chiquito.                                                                                                                                      – Te va a encantar- insistió- Si querés te lo presto.
Los chicos a los quince o dieciséis años no se prestan libros. Se prestan discos, ropas, novias o drogas, pero los libros no son populares en ese mercado.                                                                                                                               Recuerdo que al lunes siguiente se lo devolví. Aquel fin de semana de invierno descubrí una novela que parecía escrita ayer, o en el 48, u hoy. Encontré un texto con vida, un texto vivo,  algo que (no lo sabía a mis 15 o 16) no abunda en la literatura argentina, narrado en una primera persona urgente, que despertaba una empatía alarmante. No sabía todavía, y no lo supe sino mucho tiempo después, que los mundos, las letras que separaban a Juan Pablo Castel y a Ernesto Sábato no eran sino borrosos puntos suspensivos, y que la fragilidad emocional de aquél protagonista era un gigantesco espejo de sal en el que se bañaba, se regodeaba su autor.  Sábato, a lo largo de toda su vida (esto incluye su obra, claramente) fue un hombre torturado, un hombre de las letras al que el mundo le dolió demasiado. Pero que, lejos de la tristeza cinematográfica, no utilizó sus demonios para justificar sus acciones: el tipo elegía vivir así, el tipo elegía acomodarse en ese lugar. Sabía que era su lugar. Sabía que el inexplicable andar de la vida podía convertir a Sobre Héroes y tumbas en un ineludible de la literatura argentina, así como la Historia podía llamarlo, podía golpearle la puerta para ser el escritor que prologue el Nunca Mas. Pero sabía también, que la angustia, su angustia, no se podía callar con un bozal. Porque todo lo que le sucedió a Sábato, todo lo maravilloso que le sucedió gracias a su obra, no fue más que un bozal para callar un rato a ese bicho molesto que lo acosaba por dentro.  
Ernesto Sabato fue, además, el tipo que sin quererlo inquietó al poder de turno.  En el año 2006, el gobierno de  Nestor Kirchner decidió, como una declaración de principio, `editar´ el prologo que Sabato había escrito en 1984 para el Nunca Mas. En aquel prólogo se refería al terror proveniente de la extrema derecha y de la extrema izquierda, afirmando que las Fuerzas Armadas respondieron al terrorismo  con todo el potencial del Estado, cobrándose las vidas de miles de seres humanos.                                                                                                                                                   El ex presidente dio curso al pedido de Hebe de Bonafini, quien sostenía que el texto contribuía a la teoría de los dos demonios, como si de alguna manera este argumento justificara del terrorismo de estado.  Nunca reconocer una verdad implica negar otra. Pero Sábato colgaba una mochila pesada: aquel almuerzo con Videla en el 76 era (es) un capitulo extraño, contradictorio, y que Ernesto nunca nos contó. Un fantasma que nunca exorcisó.  Pero que a la vez lo acerca mucho más a sus creaciones, y a sus lectores: Sabato era, en sus actos, tan propenso a las contradicciones como cualquiera de sus personajes.
Platón hablaba de la adolescencia como la embriaguez espiritual, relacionando los sentimientos con el exceso, con sentir todo en estado puro. A los 15 o 16 descubrí  a un tipo que me contaba, desde 1948, las cosas que a mi me pasaban ayer, que me pasan hoy, y que, uno intuye, me las contaba porque también a él le pasaban; y a lo mejor, quien sabe, ese era su verdadero talento, a lo mejor eso fue lo que justificó su angustiada existencia: hacernos sentir menos solos.

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